Leche agridulce

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“Pipipiiií, pii, piiiii… Pipipiiií, pii, piiii”, el reloj marca las cuatro de la mañana. Aunque el día no ha despertado, Albeiro Vera ya está en pie. Con pasos silenciosos deja el calor de la casa en la que aún duermen su esposa y sus dos hijos.

La Unión sigue dormida, el cielo negro y la neblina encierran las montañas. Los extensos potreros están oscuros y a la calma se le suman las luces amarillas de un par de fincas lejanas en las que tal vez se repite, intacta, la escena de Albeiro. Con las botas pantaneras pisa el pasto húmedo.

Con la rutina del paso diario ha construido su camino.  Debajo de una carpa plástica coge un embudo y lo pone encima de la caneca lechera. Saca un balde y una sillita de madera en forma de T que hizo a su medida.

Mona, mona, mona, mona, repite con rapidez, acercando a la primera vaca. Al ganado hay que tratarlo bien,  porque si entran relajadas dan más leche, pero a veces hay unas muy ariscas y uno les dice estese quieta pues, qué le está pasando.  ‘La mona’, ya adentro, espera mientras riega sobre el comedero el ensilaje, que es una mezcla de maíz, caña y melaza.

Con una soga amarra la cabeza del animal que en su oreja lleva el número 79. Luego hace un nudo en las patas traseras y lo pasa sobre la cola para que el movimiento no le ensucie de boñiga  la cara. Antes de sentarse coge una manguera y lava la ubre, al tiempo que refuerza la acción con sus manos. Luego seca las tetas con una hoja de periódico que saca de sus botas.

Es mejor limpiarla para que no caigan sucios al balde y se contamine la leche. Sentado sobre el banquito que se enloda y tambalea de un lado a otro, comienza a ordeñar. Mueve sus manos de arriba a abajo y riega sobre el pantano los primeros chorros. Las tetas bajan y suben agarradas por sus dedos quemados por el sol, arrugados y de uñas mochas, pero fuertes por el trabajo pesado de 45 años.

Los chorros delgados de leche caen sobre el balde. Crrrhhh Crrrhhhgg Crrrhhhgdd. Mientras ‘la mona’ continúa mascando, otra vaca se hace detrás a la espera de su turno. Ellas saben a lo que vienen y se entretienen comiendo, más con este cuido que les gusta tanto.

Albeiro, casi debajo de la vaca, sigue moviendo las manos arriba y abajo. Sube y baja. Crrrhhh crrrhhhgg crrrhhhgdd. Sube y baja. crrrhhh crrrhhhgg crrrhhhgdd. Solo ordeña dos tetas y la leche aguada y caliente sigue llenando el balde. Con el movimiento el cuerpo se agita y se acalora. Luego de cinco minutos logra llenar más de la mitad del recipiente. Uno siempre quiere que la vaca llene todo el balde, pero eso depende de la edad. Esta tiene dos años y eso que da mucho.

La deposita por el embudo que está sobre la caneca y mientras el líquido baja, se levanta un olor a vinagre, quesito y boñiga. El último paso es untar yodo en la ubre para que las tetas no se infecten. ‘La mona’, ya suelta, da la vuelta y sale a comer pasto. Vaya pues monita, le dice mientras le da unas palmaditas en el lomo. De inmediato entra la otra vaca.

Ordeñar es muy fácil, pero hay que estar despierto porque si uno no saca todo el líquido a la ubre le da mastitis, se inflama, y la leche se daña porque queda con grumos. Ya están los primeros dos litros de leche. De nuevo llena el comedero, amarra la cabeza y las patas, juaga, seca y comienza a ordeñar. Lo debe hacer catorce veces más. No hay espera. A las 6:30 de la mañana las canecas deben estar llenas con más de trescientos litros que son refrigerados a la espera del recolector.

En el tiempo en el que no ordeña está al cuidado de la finca, mirando que las vacas estén bien, que haya suficiente pasto, fumigando y lavando los potreros.

Las vacas no son iguales, el proceso varía. Algunas tienen las tetas más duras o el pezón seco, lo que obliga a masajear la ubre y tardarse el doble de tiempo. Otras son ariscas, requieren cuidado y un par de rabietas. Y unas más tienen problemas en la ubre por la edad y solo dan leche por una teta.

Las manos son la herramienta principal, pero no las únicas afectadas. Albeiro hace dos meses sufrió una complicación en sus dedos y estuvo a punto de perder varias uñas. El estar sentado por mucho tiempo provoca lumbagos. Los dolores de estómago son recurrentes, unas veces por el frío y otras por el contagio de la estomatitis bovina. La gripa es frecuente por la lluvia y los dolores de cabeza por el sol.

El municipio de la Unión está en cercano oriente de Antioquia, a 56 kilómetros de Medellín. Hacen parte de esta localidad, de temperatura promedio de 13 grados centígrados, el corregimiento de Mesopotamia y 26 veredas. Sus principales actividades económicas son la agricultura y la ganadería, de las que se destacan la producción de papa y leche. Semanalmente se cosechan 360 toneladas de este tubérculo, según cifras de la Alcaldía. Alrededor de sus 198 kilómetros de extensión, se encuentran el acopio de Unilac, Lácteos Buenavista, un Laboratorio de Derivados Lácteos y más de doscientas fincas lecheras.

Dos kilómetros después de la finca El Recreo, donde trabaja Albeiro, en la vía a Mesopotamia parece recrearse la imagen del pesebre. Entre los extensos prados apenas se alcanza a ver una carpa negra rodeada de vacas. Jheison Zapata, su esposa y sus dos hijas están en el ordeñadero, como lo hacen diario a las 2:00 de la tarde. Una de las niñas ‘arrea’ a ‘Tormenta’ con un palo mientras su papá echa la ‘aguamasa’ en el comedero.

Yo bajo con la familia a ordeñar porque es peligroso dejarlas solas en la finca, pero no es porque quiera que mis hijas aprendan, esto es trabajo para hombres y ellas que estudien.

Tormenta entra con decenas de moscos encima y hunde sus patas en el barro. Jheison la amarra y sentado en un burrito lava y seca con periódico la ubre. Comienza a mover sus manos y la leche cae al balde. Su hija llama a ‘Lucero’ mientras Elena Mira, su esposa prepara el cuido.

Jheison dice que ordeñar es un trabajo para hombres, pero sabe que sin la ayuda diaria de su esposa tardaría más. Ella con una gorra de jean, chaqueta, sudadera y botas pantaneras se sienta en otro burrito en forma de T y comienza a lavar la ubre. A ellos se les hace más fácil porque hay que tener fuerza para que los animales obedezcan. También a uno por ser débil le duelen más la espalda y los hombros, cuenta al tiempo que mira con sus ojos azules que resaltan de la piel blanca y joven.

Jheison se levanta diario a las dos de la mañana. Sin rastro alguno del amanecer,  ordeña las  catorce vacas, dedicándole a cada una quince o veinte minutos, hasta llenar el tanque de refrigeración con 350 litros de leche. Me gusta ordeñar y tiene cosas buenas, a uno no le toca pagar arriendo porque vive donde está el ganado y tiene la leche para el gasto, pero es un trabajo que esclaviza porque todos los días hay que hacerlo o si no el animal se enferma.

El sol hace más fuerte el olor a boñiga y alborota los zancudos que revolotean por la carpa. ‘Tormenta’ atrae más insectos por las cuatro heridas que tiene en el lomo, ocasionadas por la candela, una enfermedad viral que les quita la piel y las puede matar. Con el viento que hace temblar la carpa las dos niñas juegan, mientras el Crrrhhh Crrrhhhgg Crrrhhhgdd llena el balde

Saber controlar una vaca, reconocer cuando la leche está mala, detectar enfermedades, aplicar una inyección, tomar la temperatura e identificar cuando se ha sacado toda la leche, hace parte del diario vivir de los ordeñadores. La gente cree que es muy fácil, pero hay que ser muy responsable. Uno sabe que alguien con guayabo, enfermo o trasnochado no puede ordeñar porque corta la leche, dice Jheison al masajear la ubre. Muuuu. Muuuu.

Llueva o haga sol el trabajo se debe realizar. Con la incomodidad de los impermeables se enfrenta el pantano y el disgusto de las vacas. Esta situación es recurrente en el municipio en el que llueven 191 días al año, según datos de la Alcaldía de la Unión.

La leche recolectada por los campesinos de la Unión es vendida por un promedio de 900 pesos a empresas como Lácteos  Buenavista, Colanta, Unilac y Auralac, aunque existen algunos que ordeñan para el consumo diario de su familia. Los carro tanques lecheros van diario, o día por medio, a las fincas y la recogen luego de revisar que el líquido esté refrigerado y sin mastitis.

En 2008 un grupo de 19 ganaderos decidió hacer frente a la crisis lechera originada por los malos pagos a los que estaban sometidos por las grandes empresas. Crearon la Cooperativa multiactiva de ganaderos y productores de leche del oriente antioqueño, Unilac, que vela por el bienestar y progreso de la región. Hoy cuenta con quince rutas lecheras, tres almacenes agropecuarios y 680 trabajadores de municipios como Sonsón, Abejorral, La Ceja, El Carmen de Viboral y La Unión.

Quince minutos después de la finca de Jheison, al costado derecho de la misma vía a Mesopotamia, un hombre mayor, prototipo del campesino fuerte, alto, de sombrero y botas pantaneras improvisa un ordeñadero. Eduardo López, a sus 71 años, tiene la vitalidad suficiente para amarrar sogas, mantenerse agachado, enfrentar el ganado y mover sus manos de arriba a abajo.

Cuando tenía seis años aprendió de su papá a ordeñar y desde ese momento no ha parado de hacerlo.  A las cinco de la mañana comienza su día, se baña, toma unos ‘tragos de aguapanela’ y sale en su carro a encontrar el ganado.

Las cuatro vacas están exhibidas en la carretera para la venta y mientras alguien se interesa en ellas, les echa ‘aguamasa’, lava y seca la ubre, amarra la cabeza y las patas y agachado hala las tetas de arriba a abajo mientras el balde se llena.

Al terminar de ordeñar deja reposar los diez litros de leche y luego los pone en el enfriador para el consumo de su familia. La cantidad restante la vende a sus vecinos por mil pesos. Ordeñar es muy fácil, el único que no lo puede hacer es un mocho- risas- pero hay que tener cuidados, como mirar que las canecas estén limpias, mantener la leche refrigerada y ver que ningún animal esté enfermo.

Eduardo nunca ha sentido dolor en sus manos o espalda, tiene la vitalidad de un viejo roble que, pese a los años, sigue fuerte e incansable. Asegura que quiere ordeñar hasta el día que Dios se los permita. Aunque uno de sus hijos le ayuda de vez en cuando, cree que la tradición se acaba el día que se muera.

El ordeño mecánico cobra fuerza en Colombia, las máquinas son económicas, higiénicas, rápidas y fáciles de transportar. Cuentan con cuatro copas que se adaptan a las tetas y succionan el líquido, con un sistema de vibración, en un par de minutos. Luego lo llevan por medio de una manguera a las canecas.

El miedo que sienten los campesinos cada día aumenta. La edad, el analfabetismo y la falta de oportunidades hacen que teman el momento en que su patrón les informe que sus manos fueron reemplazadas por una moderna máquina. Ese día me tocará irme a cargar bultos, a hacer jornal o quién sabe dónde,  pero tengo que pensar en mi mujer y mis hijos,  cuenta Albeiro con un gesto de resignación que sale de sus parpados arrugados.

Albeiro, Jheison y Eduardo han pasado su vida en el campo. Desean hacerlo hasta el último día, aunque saben que su labor tiende a desaparecer. Las manos fuertes por el trabajo pesado, la cara tostada por el sol, la sonrisa con espacios, entre dientes, para la felicidad y la vitalidad que da el campo serán reemplazados, quizá en algunos años o tal vez mañana, por la rapidez y economía de la tecnificación lechera.  Mientras este momento llega, sus ojos siguen despiertos en la madrugada, sus estómagos congelados y sus manos halando las ubres de arriba a abajo para intentar llenar el balde.

Por: Sarita Noreña Ospina

Estudiante de comunicación social y periodismo – UPB

 

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